Acción por el clima y seguridad: dos caras de la misma moneda

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En noviembre, el mundo culminó la COP26 con resultados mixtos. La meta de aumento de la temperatura de 1,5 °C sigue en pie. Además, 154 países presentaron contribuciones determinadas a nivel nacional revisadas.

Los ODS son la primera y única agenda de sistemas acordada a nivel mundial diseñada para desafíos interrelacionados como el clima y la seguridad. Foto de Aleksejs Bergmanis en Pexels

Columna de Ulrika Modéer – Subsecretaria General y Directora de la Oficina de Relaciones Externas y Promoción, PNUD

Con todo, tenemos que ser honestos: no estamos donde deberíamos de estar para mitigar las repercusiones del cambio climático, como demostró el Sexto Informe de Evaluación del IPCC (en inglés) de agosto pasado.

Ha quedado claro que el cambio climático no es solo un fenómeno ambiental, sino que tiene consecuencias en los ámbitos de la paz y la seguridad nacional e internacional. No sorprende que durante los pasados 60 años, el 40 % de los conflictos entre distintos Estados haya estado vinculado con los recursos naturales o la degradación ambiental. Cuando lo que está en juego son recursos naturales, se duplican las probabilidades de que los conflictos resurjan en un período de cinco años.

Y si bien el cambio climático no es de por sí una causa de conflicto, cada vez hay más pruebas de la necesidad de abordar este fenómeno y la degradación ambiental como multiplicadores del riesgo y, por ende, como cuestiones relacionadas con la paz y la seguridad.

En Somalia, por ejemplo, la sequía, los desplazamientos internos, la inseguridad alimentaria crónica y las deficiencias en las iniciativas de respuesta permitieron a Al Shabaab transformarse en el proveedor de servicios más siniestro, pero más eficaz (en inglés), lo que ayudó al grupo a mejorar su legitimidad y a captar más partidarios para su causa. Y en Nigeria, la degradación de las pasturas agravó el conflicto crónico entre los agricultores y los pastores nómadas (en inglés) en 2018, lo que se tradujo en un nivel de violencia intracomunitaria que según International Crisis Group fue seis veces más mortífero que la insurgencia de Boko Haram.

El Banco Mundial estima que el cambio climático y la fragilidad, que afectan especialmente a los más vulnerables, dejarán un saldo de 216 millones de migrantes climáticos internos en seis regiones de aquí a 2050.

El panorama luce sombrío, y lo es, pero se están adoptando medidas para responder a los desafíos.

En años recientes, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas ha hecho hincapié en los riesgos de seguridad que implica el cambio climático en casi una docena de resoluciones relacionadas con diferentes mandatos regionales y nacionales, incluidos la cuenca del lago Chad, Malí, Somalia, África Central y el Sudán. Y en 2018, se estableció el primer órgano institucional creado para enfrentar este desafío, el Mecanismo de Seguridad Climática de las Naciones Unidas, que con el apoyo de Suecia, Alemania, Irlanda, Noruega y el Reino Unido agrupó a numerosas entidades de las Naciones Unidas.

En el PNUD, estamos integrando la acción climática con la prevención y la consolidación de la paz. Lo hacemos, por ejemplo, mediante nuestra Promesa Climática, a través de la cual se brinda apoyo a 120 países (de los cuales 47 son Estados frágiles y afectados por los conflictos), y mediante el despliegue de los 110 asesores sobre paz y desarrollo al Departamento de Asuntos Políticos y de Consolidación de la Paz para fortalecer las capacidades en materia de prevención de conflictos y consolidación de la paz.

Se trata de iniciativas importantes, pero es necesario hacer más:
 

  • Las labores relativas a la prevención de los conflictos, la consolidación de la paz, la estabilización y la prevención del extremismo violento deben ser “a prueba del clima”. De los mil millones de personas con gran exposición al cambio climático en todo el mundo, alrededor de 400 millones también son víctimas de conflictos. 
  • La financiación para el clima debe alcanzar a quienes se ven afectados por los conflictos y la inseguridad. En general, los mecanismos actuales de financiación no llegan a los contextos más vulnerables.
  • Nuestra manera de trabajar debe basarse en enfoques integrados en materia de acción climática y mitigación de los riesgos de seguridad. Las comunidades del clima y la seguridad ya no pueden recibir mensajes por separado.
  • Es necesario fortalecer las bases empíricas. Al afrontar el conflicto y la fragilidad, a menudo debemos trabajar en contextos donde los datos son sumamente limitados, están ocultos o no están disponibles. Generar nuevos conjuntos de datos, o analizar los datos existentes desde nuevas perspectivas, permite adoptar decisiones y respuestas más eficaces, más rápidas y a una escala más idónea.
  • Necesitamos más expertos que puedan atender los ámbitos del clima y la paz/la seguridad. Esto incluye aprovechar en mayor medida los conocimientos y la experiencia del Sur Global, en particular en lo referido a las necesidades de las mujeres y los jóvenes en los contextos afectados por el cambio climático, el conflicto y la inseguridad.
     

La COVID-19 ofrece una oportunidad para avanzar hacia estos cambios fundamentales. A medida que los gobiernos y la comunidad internacional implementan enormes paquetes de estímulo, debemos asegurarnos de que estas inversiones se utilicen para establecer las sociedades verdes, resilientes y pacíficas del mañana.

La dirección de los flujos financieros puede revelar dónde están las deficiencias. Mientras que desde la Conferencia de Copenhague sobre el Cambio Climático la comunidad internacional no ha logrado cumplir el compromiso de destinar USD 100 000 millones anuales a la financiación para el clima, el gasto militar mundial alcanzó casi USD 2 billones en 2020, a pesar de que las pruebas demuestran que las mejores inversiones que podemos hacer en seguridad incluyen las destinadas a la prevención y el desarrollo.

En este contexto, los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) constituyen la hoja de ruta de cara al futuro. Los ODS son la primera y única agenda de sistemas acordada a nivel mundial diseñada para desafíos interrelacionados como el clima y la seguridad. Ha llegado el momento de aprovechar al máximo su valor.

Recientemente demostramos que la adopción de políticas audaces y las inversiones en los ODS pueden ayudar a los países más rezagados en materia de desarrollo humano, de los cuales muchos también se clasifican como “frágiles”, a superar las trayectorias de desarrollo prepandemia (en inglés) y sacar a 100 millones de personas de la pobreza de aquí a 2030.

En otras palabras, todo se reduce a las elecciones que los líderes hagan hoy. La relación entre el cambio climático y la seguridad no debe verse como una renuncia a determinadas prioridades de políticas para dar paso a otras, sino como una oportunidad de abordar algunas de las cuestiones más importantes de nuestro tiempo mediante acciones integradas.

Artículo publicaro originalmente en https://www.undp.org/